IN… TRASCENDENTES! *

UNA VISIÓN SOCIOLÓGICA ANTE EL DESARROLLO INTEGRAL DEL HUMANO

*“hacia las cosas que trascienden” (lat.)

Por: Pedro F. Hernández Ornelas

Profesor-Investigador ICSyh-BUAP

Como estudioso de las relaciones sociales —el núcleo de la llamada sociología—, el origen de la acción social y el quehacer de la mente humana (que nunca va sin el corazón y sus sentimientos) me ha fascinado siempre. Algo sobre su despertar y su condición. La vida de toda persona se revela en una espiritualidad; la espiritualidad de cada uno de nosotros. ¿Qué es ella? Pienso que la espiritualidad es la manera en la cual cada uno de los seres humanos caminamos por el sendero de nuestro destino a lo largo del tiempo, mostrando a las comunidades de nuestro entorno (voluntaria e involuntariamente) nuestras preferencias y relaciones en el mundo del espíritu. Ese mundo infinito tiene parcelas en número desconocido. Es el territorio del “ser” desconocido, inasible, incomprensible en su profundidad, pero siempre cargado de una atracción que no podemos evitar ni esconder.

Nuestra mente y corazón, siempre acompañadas de la voluntad y el afecto, viven siempre como conciencia; plena conciencia. En toda persona ella es nuestro “ser en el tiempo” (Marx) y se revela siempre con una luz inocultable: la responsabilidad. La consciencia no tiene dos momentos en su origen (ideal y actual): ser (y estar) consciente es ser humano: es ser responsable de mi ser entero (personal y relacionado con otros seres). Su patria cósmica, el territorio de existencia del ser humano en el tiempo, es la espiritualidad, nuestra espiritualidad. Ese es el único suelo del espíritu: allí donde siempre habrá el oxígeno de las relaciones con otros humanos y con la Naturaleza, que son simplemente nuestra vida. Podemos decir que la materia misma cobra su sentido pleno, su significación para el “saber humano”, en el terreno del espíritu, porque la energía del universo alberga materia y espíritu.

Otra aclaración acerca de mi interés de trabajo. Pensando a lo largo de los años sobre la energía del cosmos y el desarrollo integral del ser humano, vino a llenar el horizonte de mis intereses una nueva luz que, a mi entender, nos revela nuestra condición (humana) de guardianes y administradores de los eco-sistemas que sostienen nuestra vida en el planeta.

En el lenguaje académico, esto significa la incorporación del metabolismo humano en toda área del saber de las relaciones sociales, como una suerte de hilo conductor que da energía a los pasos de nuestra v ida en la convivialidad con otros seres y con los demás elementos de la Naturaleza.

En los últimos años, a partir del 2008, a mi preocupación y reflexiones se incorporó también el tema de nuestra frágil condición humana y sufrimiento, especialmente relacionado a la enajenación (entaüsserung, al.) de la vida y el trabajo que hoy sufrimos. El procuramiento sin límites de la riqueza es algo que enferma a la humanidad entera: minorías de super ricos que manejan al resto de los pueblos con el señuelo de una posible vida de felicidad por poseerlo todo.

Ese desposeimiento de “lo más propio o más querido” de nosotros, que en su interior reconocemos como la dignidad de la vida, tiene muchas formas en las diversas culturas del planeta, pero está presenta en todas ellas. Me parece que la sociología no solo debe incorporar plenamente (incorporarse ella misma) en la dinámica del pensamiento crítico que marca la posmodernidad, sino también en la conciencia y recurso del análisis fenomenológico del conocimiento. Tengamos siempre en cuenta que, lo que nos deslindó radicalmente del pensamiento moderno es que a diferencia de la inquietud suprema de los siglos pasados por la evidencia de los hechos y la fe en nuestra percepción racional (“intuición clara y distinta”, Descartes), en nuestro tiempo la actitud dominante en el mundo del saber es por el “sentido” de las cosas y los hechos. En este panorama, propongo el estudio de la problemática social sobre el horizonte de la complejidad de los sistemas de pensamiento y su relación con el cuidado de la tierra. Es algo que afecta toda la comprensión del ser humano como tal: como ser social.

A mi entender, la práctica de la fenomenología del conocimiento enriquece más la visión de nuestras acciones, voluntarias e involuntarias, que son la fragua de nuestra historia. Una parte medular, mejor entendida por este camino (de la fenomenología) es el aprender a oír muy atentamente, la escucha interior, a todos los objetos de todas nuestras relaciones: seres humanos o elementos naturales.

En el entramado de esas relaciones, se revela el espacio de las redes sociales. Este portal de intercambio de ideas es una de ellas. Abre la oportunidad de llegar a buscar y compartir más reflexión sobre las muchas visiones de nuestra inquietud por la condición actual del ser humano en el planeta tierra, “nuestra nave espacial”, en frase del gran economista Kenneth Boulding. Para mí, una buena parte de esas inquietudes son un llamado a la estructuración de un saber, tal vez, ansiosamente esperado por muchos: una ecosociología.

Para romper el hielo de la espera y convidar al diálogo, comienzo por proponer algunos pensamientos que son base de mis reflexiones. No puedo calificarlos de axiomas; son simplemente el punto de partida.

La sociología pretende, desde sus comienzos, llegar a ser una plataforma de los saberes acerca de las relaciones de los humanos con su mundo personal y comunitario; es decir, con otros seres humanos y con los elementos naturales que lo rodean. El examen de los textos nos muestra el edificio de esa ciencia: nos encontramos con un hecho inesperado y sobre el cual se ha reflexionado muy poco. La estructura de la teoría sociológica es aparentemente un edificio bien terminado, sin embargo vemos que ha concentrado únicamente en las relaciones entre humanos. Hemos descuidado, los sociólogos, el estudio de nuestras relaciones con el mundo de la naturaleza: sus cambios que en ella ocasionamos, sólo los hemos considerado como una apéndice a esas consideraciones: consecuencias de propuestas (generalmente de búsqueda de bienestar) más o menos exitosas, generalmente cargadas de consecuencias que hemos estado muy lejos de valorar en toda su dimensión.

Parece que hemos olvidado, en buena parte, que todas nuestras relaciones –las relaciones humanas son todas ellas sociales- están doblemente mediatizadas por realidades que nos afectan profundamente. Nuestra relación con otros seres humanos, sabemos que está doblemente mediatizada por nuestra propuesta de relación a otro ser humano, que requiere la construcción de un lenguaje simbólico y la respuesta del otro ser humano (objeto de la relación) y la respectiva traducción de nuestra propuesta, y construcción de su respuesta en su particular lenguaje simbólico. Esta doble mediación distingue nítidamente el saber, que es objeto de las ciencias sociales, respecto a los saberes de la física y otras ciencias de la naturaleza, pero pocas veces, o casi nunca, nos olvidamos de otras mediaciones que se establecen en nuestra relación con el medio ambiente, los elementos de la naturaleza que nos rodean.

Tenemos experiencias, a veces frecuentes, de la acción positiva o negativa del ambiente sobre nuestras relaciones: por ejemplo, en medio de una tormenta y los truenos de descargas eléctricas en las nubes, nuestra voz llega a ser incapaz de romper las barreras del sonido. Así, la propuesta de una relación (hasta una simple charla) con una persona cercana, será imposible que ocurra. La relación intentada se frustra.

Pero, por lo común, ese tipo de experiencias son efímeras y superficiales. Las relaciones más importantes con los elementos de la naturaleza, que son también relaciones humanas por la intención y sentido que las originan, pocas veces llegan a tener nuestra cabal atención y comprensión. Pensemos en las relaciones que se dan en la modificación profunda de los elementos naturales –así como la extracción de minerales-. La mediación de los elementos naturales en nuestras relaciones son también el elemento esencial de una nueva relación; nuestra relación (individual o colectiva) con el elemento mismo de la naturaleza. Usar o modificar un elemento natural es también una relación humana, y eso poco lo consideramos. En efecto, poco se tiene en cuenta que el proceso de “metabolismo humano”, que no es otra cosa que el intercambio de energía, la de nuestros pensamientos e intenciones, combinada con nuestra acción y, muchas veces, la de otros sujetos de la misma relación (en nuestro ejemplo, en la explotación de minerales), implica muchas veces no sólo la modificación parcial de estructuras de ese elemento natural, sino a veces la destrucción misma de su estructura. Esto último, la destrucción de estructuras fundamentales de todo ser, implica en los elementos vivos de la naturaleza su pérdida completa y eso es lo que debemos analiza profundamente al pensar la relación y, más aún, al llevarla a cabo. Esto, usar o modificar un elemento natural, es una relación humana y debe seriamente conocerse y considerarse.

Por tanto, pienso que es algo de gran relevancia, y además algo necesario para el conocimiento mismo de la existencia del ser humano, incorporar el “metabolismo humano” al estudio metódico de las diversas áreas de interés de la sociología: la formación y modificación de los roles del sujeto inteligente en la convivencia humana, la comprensión de las estructuras sociales, las consecuencias y funcionamiento de las relaciones sociales y sus cambios. Una nueva visión más completa del terreno de las ciencias sociales, especialmente en la naturaleza de las relaciones del ser humano.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s