IN…TRASCENDENTES!

NO TENER MIEDO

Por Pedro F. Hernández Ornelas

Profesor-Investigador, ICSyH-UAP

Un personaje singular ha sido electo Presidente de los Estados Unidos: la envestidura de ejecutivo del país más rico y militarmente más poderoso del planeta. Se trata de alguien bastante conocido por un registro de conducta que podríamos llamar de mediocridad de alta burguesía: conducta aceptada en sus círculos sociales de referencia como la de un hombre de negocios bastante exitoso, aunque cercano a los límites de lo cuestionable (baste recordar el manejo de una de sus quiebras más sonadas: un Casino en Nueva Jersey). Un personaje temperamentalmente espontáneo en su racismo y misoginia no menos que en la obviedad de la ausencia de compasión por el migrante y el marginado. Se antoja decir de un nacionalismo chauvinista y trasnochado. Alguien que tiene los aplausos que llegan al 1% más afortunado de los humanos, no precisamente desde los más pobres de sus congéneres, especialmente de los que son cercanos a él en el gozo de la fortuna: los que puedes agasajarse mutuamente en restaurantes de lujo y en las playas de moda alrededor del mundo.

Lo sorprendente es que esta persona, sin ninguna experiencia de trabajo político ni de gobierno y sin huellas de una mentalidad de haber organizado muchas cosas para el bien de algunas comunidades, fue electo por muchísima gente sumida en pobreza y una muy buena parte de la clase media que ha visto sus fortunas desvanecerse, precisamente por las políticas del neo-liberalismo contemporáneo, que ha bajado los salarios de todos los trabajadores y ha logrado quedarse legalmente con más de la mitad de todas las riquezas del planeta. Esta es la paradoja del momento.

No puedo dejar de pensar que un personaje como el señor Trump pueda llegar a ser otra cosa que un peligro para lograr armonía entre los países del planeta. Para comenzar no ha sido de lo más beneficioso para el mundo la experiencia de los hombres de negocios o los artistas que han llegado a gobernar un país. Los casos como el del Presidente de Checoslovaquia, Václav Havel; Ignacy Jan Paderewski, Presidente de Polonia; o Léopold Sédar Senghor en Senegal, son verdaderamente excepcionales. Por lo regular, el hombre de negocios, vive y crece con la mente puesta en el provecho de la empresa, no en el bien común que es la esencia de un gobierno.

En efecto, si la política es todo el entramado de relaciones y de diálogo para alcanzar la autoridad y el orden social de la comunidad, el gobierno es la gestión de esa autoridad a favor del bien común. Empresa y gobierno son complementarios pero nunca serán lo mismo. Entre las políticas de un gobierno debe darse la creación de empresas, o la ayuda a éstas, que hagan realidad las políticas del bien común, pero la gestión del bien común no es empresa, es el trabajo, el diálogo, la perseverancia en la procuración de lo mejor que la comunidad tenga a su alcance para el bien de la mayor parte de todos.

Un personaje que en más de 70 años no tiene en su registro de vida algo que lo identifique con el bien común, ¿qué sabrá hacer por esa causa? Ante la capacidad del armamento que los grandes países del planeta poseen hoy y ante la capacidad de uso de fuerza brutal que los gobiernos del mundo, prácticamente todos tienen en sus manos por su acceso a las armas, y su tolerancia con el crimen, lo que se despierta entre todas las ciudades del mundo, lo que aflige a los que no pertenecemos a ese 1% más rico del planeta es el miedo. Pero el miedo es muy distinto en la profundidad y en su superficie.

En la superficie, el mundo es de todos frente a la impotencia de responder con alguna capacidad de acción efectiva ante las arbitrariedades de gobiernos corruptos y de una partidocracia política que en muchos países tiene ya rasgos de parentesco con carteles de mafia. Estamos temerosos del poder y su arbitrio, y el miedo ensombrece hasta nuestra imaginación y debilita nuestras fuerzas para actuar en organizaciones civiles de manera más eficaz.

Pero hay un miedo más terrible, en la profundidad de nuestras vidas y en el silencio de su tiniebla. Un miedo que no siempre alcanzamos a ver: el miedo a nosotros mismos. Ésa es la raíz del temor en el que se fundamentan los poderes arbitrarios y dictatoriales de los que sojuzgan al mundo. Ese miedo es la polilla que va destruyendo nuestra comunidad. La fuerza de los humanos es nuestro “ser social”, solos no somos nadie. Solos no nos vamos a salvar. Necesitamos rescatar al planeta y luchar por una existencia más armoniosa y justa. Como reza el lema de uno de los movimientos más ambiciosos de nuestro México: “una vida en paz por la reconciliación”. El gobierno abandonado por el pueblo, si lo es así de verdad, se convierte, literalmente, en un tigre de papel, pero sí se necesita a la comunidad unida, que es casi una redundancia; si no hay unión, no hay comunidad. Pero no solo familiar, ni tampoco de caserío o de rancho. No. Debe haber comunidad de barrio, de nuestra calle o privada, o de la colonia, solamente así nace la comunidad de un pueblo que sostiene la comunidad de un estado que alberga muchos pueblos.

No está por demás recordar la primera visita del Papa Juan Pablo II a Polonia 8 meses después de su elección. Un gobierno comunista, títere de Stalin, había prohibido terminantemente toda manifestación de fe religiosa en público. Una de las primeras acciones del Papa en su tierra natal fue a anunciar que celebraría misa en un campo cercano a la ciudad. La gente que se atreviera a asistir a esa misa lo haría con el miedo profundo de perder su cupón de alimentos, la escuela de sus hijos y/o su trabajo. No eran menores las penas impuestas por el gobierno a la infracción de sus órdenes… ¿Tenemos idea de cuánta gente se atrevió a ir a dicha misa? A las primeras horas de la mañana aparecieron grupos pequeños de algunos católicos que se atrevieron a acercarse al lugar de la misa. Pasaron las horas y cuando el Papa celebraba la misa, se habían reunido allí un millón de personas. ¡El doble de los habitantes de Cracovia! ¿Sabemos cuáles fueron las primeras palabras de la elocución papal? “No teman… Pero ante todo, no teman unos a otros”.

Esa gran lección de la historia nos recuerda que el miedo, que realmente paraliza al ser humano, es el miedo al prójimo. Y por ese miedo al prójimo se encaraman sobre las comunidades la delincuencia y la corrupción que, finalmente, logran instalar la impunidad de los que mandan atropellando. Si buscamos la armonía, la tranquilidad y la mayor felicidad en este mundo, no debemos temer. Esto, antes que otras cosas, nos lo debe recordar a todos la experiencia de la pasada elección en Norteamérica.

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